"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia".

El Juego del Ángel, Carlos Ruiz Zafón

PRESENTACION "LA ABUELA LUISA"
18 diciembre 2009



CRONICA DE UNA ESPERA


Su cuerpo está cansado, observo su gesto adusto, pero sonríe, una y otra vez sonríe. Me sonríe ese fallido intento por incorporarse, por integrarse, pero pareciera que cae, que parte, que marcha hacia un lugar sin poder evitarlo. Francisco espera, necesita tiempo, de ése que le tiende el vaso de vino, o del que le sueña al mirar hacia la avenida e intentar cruzarla, necesita el tiempo de la mesa en la que se ha sentado y el de la mesa en la que me he sentado. Ahora Francisco apoya su antebrazo, e intenta, y no puede y vuelve al gesto intermedio del umbral de una sonrisa, y la negrura de las pupilas que se le va metiendo por los ojos, conquistándolos. Francisco espera. Me detengo ahora en observar sus pies, presintiéndolos, me sorprendo al ver sus zapatos tan bien vividos, doblegados en aquellos lugares donde se expresa el transcurrir de los años, y Francisco intenta, y sus pies ya no parecen sostenerlo y entonces espera, tiembla, y una mueca le surge impotente por la faz. De pronto se hace un instante diferente, y todos guardamos la inquietud de ese momento, las manos de Francisco asiéndose otra vez al respaldo de la silla y al borde de la mesa, la mirada al frente clavada en la avenida, en la vereda al otro lado de la avenida, la gorra firme cubriéndole su cabeza, y parece que ahora sí, que talvez sí, que quizás vaya a poder, y aparece la tensión previa de nuestra atención, pero no. Aunque la voluntad se le escape cuando me mira, no, aunque las manos de viejo atenaceen la silla y la mesa, no, aunque me sonría como si nada le ocurriera, no, y entonces comprendo que Francisco espera.

Afuera circula la ciudad, brutal e inclemente. Adentro en éste bar de la avenida Independencia está la ausencia y la inmovilidad, el imperceptible deslizarse del sonido de los parroquianos, y también Francisco esperando, gimiendo, como si fuera, como si lo hubiese sido alguna vez, otra vez, acordándose de cómo se lloraba, Francisco gime y llora, acordándose, como cuando era chico. Los parroquianos retornan a la algarabía del juego de cartas, Francisco sigue esperando, los parroquianos conversan y el tránsito sigue tan intenso como hace un rato, puede verse el vértigo de los minutos pasando, pero en el bar no hay vértigo, en el bar se desarrolla lo que le ocurre a la espera de Francisco, a él y a nosotros nos ocurre, a Francisco que ahora se quita la gorra y se acoda nuevamente en la mesa, y se rasca el pelo plateado y sedoso y amaga beber del vaso ya sin vino, con esa postura que da la potencia de la impotencia, y le regresan los gemidos a Francisco que espera.

Qué me ocurre, que siento que me observan, qué me pasa que las palpitaciones me derrumban las piernas y me fijan los pensamientos a la silla. Qué será o quién lo que me impide marcharme. Qué me pasa que no me importa lo que me pasa. Y para qué volver, no será eso lo que me ocurre, para que irme de este lugar que tiene algo de vida aunque no sea la mía, al menos ellos me permiten mirársela, para que volver a lo que ellos dicen mi casa y escuchar “Francisco lo llevo a su casa” una y otra vez y no les contesto, me enojo con ellos y no les respondo, y esta lengua que no me permite contestarles, sí, ahora estoy seguro que me aguarda el silencio de allá, o el silencio de mí, será que me cansé de hablar, al menos acá ellos no me hablan como allá, no me hablan, y además me dejan espiarles la vida.

Lo vi llorar a Francisco esta mañana, en realidad no sé, no estoy seguro de si lloraba o si reía, transitaba esa frontera sutil entre la hipocresía y la triste ironía de un payaso de circo. A Francisco lo ronda un vecino que se le acerca para ayudarlo, un hombre que le dice “esperá Francisco ya viene un médico”, -como si yo precisara un médico se dice con los ojos llenos de pupila- y Francisco se deja o no puede, la vida de sus vocales está muerta, rumia una ínfima resistencia y escucha “sentáte Francisco que te vas a caer”, y aunque no quiere hacer caso, lo hacen las piernas y la lengua de Francisco, ellas le hacen caso a ese hombre, no a Francisco. Llega la ambulancia del SAME, estaciona sobre la avenida, leo, 196, interno 196, entra un señor con la vestimenta resuelta de médico, nos mira a todos pero solo se le acerca a Francisco, como si Francisco con su forma de estar lo estuviese llamando y lo interpelara, y él le habla, él le pregunta a Francisco su nombre, él hace como si no supiera que todos nos llamamos Francisco, como si él no supiera que se llama Francisco, él lo observa con el cansancio de haber visto ya muchos Franciscos, él quisiera perder la paciencia porque Francisco lo ignora, pero estamos todos nosotros impidiéndoselo cuando lo miramos, y entonces le pregunta qué le pasa, y Francisco que lo mira, y el doctor que se impacienta y Francisco que lo vuelve a ignorar.

El SAME se lo llevó a Francisco, y alguien, en el bar sentenció al verlo partir: “Es la vida” y todos hicimos silencio. Aún sigo acá sentado a escasos metros de dónde ya hace horas que se lo llevaron a Francisco –es la vida-, afuera circula la ciudad, indiferente, adentro ni siquiera está la ausencia, hay nada, su quietud e imperceptible andar en el sonido de los parroquianos y también el recuerdo renuente de Francisco gimiendo –es la vida-. Sigue transcurriendo el tiempo en el bar, veo otros Franciscos sentados en las mesas, ellos almuerzan, ellos no se escuchan en las risas ni el futuro, sí, ellos son el andar continuo y lento pero persistente del querer pararse de Francisco y temer no lograrlo, el no poder hacerlo. Unos Franciscos tienen los tobillos anchos, y otros, los huesos resaltados interrumpiendo la continuidad de la piel, angulosos –es la vida-. Cada uno de ellos a su manera me observan, suben y bajan del plato mecánicamente, comen, sé que no podrán lograrlo por más que lo intenten, sé también que desde que he nacido, he vivido para parecerme a Francisco, alzo la vista hacia la calle, intento mover las piernas, intento una y otra vez pero no puedo –es la vida-, sé con certeza que debería marcharme pero me alcanzaron los años en la forma de los pies y en la quietud de la lengua, afuera, allí, en la avenida, veo llegar al SAME, debo irme, salir, antes que el señor vestido de médico comience a preguntarme cómo me llamo… y lo mire, ignorándolo. Es la vida.

8 comentarios:

maida dijo...

Hay oportunidades en la vida que no se vuelven a dar,
inoportunos momentos que siempre se repetirán.
Hay sonrisas que no se pueden borrar,
Y lágrimas que perdurarán.

Si la vida es un rompecabezas,
por mas difícil que este sea,
no hay que desesperar y abandonar
porque aquella pieza perdida se recuperará…

Suerte!

Unknown dijo...

Daniel: no te pude acompañar en ese momento, pero destaco que para un "tecnico" no es facil tener esa veta tan hermosa como es la literatura.
Te felciito por el lanzamiento del libro y que sea con mucha suerte
Eduardo Nitardi

Unknown dijo...

Dani. Fantástico. Una veta de talento que no te cocnocía. Como Eduardo lamento no haber podio asistir. Me encantó el cuento del blog. Anotame con un libro.

Alberto Pan

Monic dijo...

Dany... vuelvo a repetir que fue hermosa tu presentación y supongo que esta es solo la primera... le van a seguir otras .... son letras que LLEGAN..unidas de sentido....
Un abrazo
Moni

Javier dijo...

Daniel, lamentamos no haber podido acompañarte. Esta "alocada" vida no nos deja espacios para la hermosa cita con las palabras y las historias que nos hiciste. Esperamos poder "leerte" y gozar con los relatos.
Un saludo de Javier, Cristina, Agus, Marcos y por supuesto Clarita Rio.

Queremos un libro, en un próximo asadito nos lo dedicás. Abrazo.

Unknown dijo...

Abre los ojos la crónica... Especialmente pensé en todos los Franciscos que conozco (es mi nombre favorito!) Sólo que cada uno que pasa y un dia no pasa más es a mi ver insustituible...
Lorraine Smith
elfileinba@gmail.com

ALVIT OILLART dijo...

Esas vueltas de la vida en que uno cree no volver más al lugar que ya tranaitó y luego como si Dios digitara el camino te lleva de nuevo a ese lugar pero con sorpresas tan agradables y sin querer te vas involucrando, conociendo gente que te hace sentir bien y que te hace disfrutas de la literatura, pero con una mirada distinta.
Y el poder contribuir con un granito de arena para que tu obra se divulgue me hace sentir más feliz. Te deseo muchos éxitos en lo que emprendas (Y espero que cuando estés en la "Cumbre" del éxito no te olvides de los que estuvieron cerca tuyo)

Besame otra vez, Ingrid dijo...

DANIEL: Repasando blogs me encontrè con este cuento que no lo conocìa o no lo recordaba. Muy bien tratado y muy bien escrito. Felicitaciones por tus èxitos. Alberkenessanto Fernàndez